La calle
Manuela Rodriguez
AventuraEstábamos esperando que saliera el sol tras ocultarse en las nubes que se levantaban con dirección al oeste, pero el astro rey no apareció.
Algo debió ocurrir al otro lado de la laguna, pensé, al percibir qué, lentamente zumbidos idénticos al de las abejas llegaban hasta nuestros oídos. Casi todos habíamos quedado perplejos. Nueve y veinte de la mañana marcó el Reloj de Rodrigo.
Sentados en la orilla del lago, tratábamos de prestar la máxima atención al mínimo chasquido que se produjera en las aproximaciones a la redonda, pero nada se volvió a oír.
Paulo arrojó una piedra al agua y, lo acompañó con un grito sonoro al tiempo que se desvestía apresurado para zambullirse -¡A nadaaaar!- incitó. -Caso omiso-. Lanzó otra piedra al ras del espejo líquido. Y tal leve golondrina del estío ésta saltó dos veces hasta hundirse.
-¡A nadar, vagos, a nadar, que esto es vida –Después nos cuentas!- le dijo Manolo. –¡Vengan, Marías bonitas!, ¡vengan divinas pomadas!, nuevamente insistió, pero obtuvo cero respuestas.
Dedicados a arreglar los cordeles, los anzuelos, repartir la carnada permanecimos indiferentes al llamado de Paulo el Karateca.
Fue Rubén quien revoleó primero la tanza con el plomo, enviándolo hacia el fondo de las aguas. Cada uno lo imitó; obviamente , con sus particulares estilos.
-!Vamos! Martín lárgalo de una vez, qué no eres un helicóptero –, se oyó.
-¡Mira, mira! Andrés gira el cordel como una honda-, observamos – ¡Al toque David túmbale a Goliat, qué esperas?- se mofó Manolo.
-¡Si!, pero primero ustedes lancen sus matracas, qué los tres parecen unas verdaderas guaripoleras-, replicó él.
Ya en la quietud de la espera, la calma no se prolongaría como estaba prevista, porque desde distintos ángulos y nidos, bandadas de garzas y pardelas irrumpieron con un raudo concierto aéreo, más chispas de materias orgánicas que dejaron al medio ambiente un poco lesionado, y los tímpanos con cierta musicalidad y parloteo.
Relativamente lejos, Paulo braceaba feroz, luego se detenía, agitaba las manos y pegaba un silbido que llegaba debilitado -caso omiso también-. Pasaron varios minutos y otra vez el zumbido anterior reapareció invadiendo el espacio, trayendo consigo un son melodioso o, algo parecido. Estábamos en eso cuando :
-¡Hey! -exclamó Martín-! miren, miren pupilos!, ¡yuhu ! -chilló jubiloso, aprestándose a correr. –Hey, miren, miren esto.
-¡Señoras y señores!- ¡Damas y caballeros, vengan, acérquense con cuidado vean…!-. Pregonaba emotivo. Tocados por el escándalo nos asomamos. Tenía un pez enorme bajo los pies, el cual se retorcía resistiéndose a morir entre el suelo y el aire. Impresionados corrimos con envidia y entusiasmo para comprobar de cerca lo impensable, para celebrar la hazaña, qué ya se inscribía como un acontecimiento feliz de esta caminata, y la cual rompería de manera espectacular las mil rutinas, y jornadas por las arterias del barrio.
Con aires de campeón Martín sonreía díscolo…. También nosotros estábamos alegres.
-!Qué leche Martín !-. Primer paseo con nosotros, y te haces un gol olímpico, como los grandes - ! Suertudo!- le acusamos. -Es el buen pulso novatos, ya aprenderán algún día, solamente síganme los pasos.
-Vamos Martín es pura carambola -le dijo Rubén-. Y si no dinos cómo se llama lo que acabas de pescar?
-Bah-, enmudeció un lapso, -bah, es un, uuun…espera, no me acuerdo por ahora, pero es un…-¡Es un Paiche!-, dije.
-¡Calla ignorante!-, me dijeron, enseguida Manolo intervino: es una Trucha. ¿Una Trucha? Francamente hay que ser bien, pero bien brutos para dar esa respuesta, le contestaron. Rodrigo como un juez sentenció: es un Dorado. –Si, dorados vamos a quedar una vez que salga el sol, comentó Rubén; alguien opinó que se trataba de un pez lagarto o, en todo caso que era el signo de un encantamiento. Antes de erizarnos la piel desaprobamos unánimes -¡ Brujo !- le gritamos a Andrés en coro.
–¡Ah! cómo tiemblan aprendices, cómo se hacen la pichi ¿no ? – Contestó con sarcasmo.
–Tonterías-, arremetió Manolo. Aquí lo único que sabemos son de marcas de zapatillas, volvamos a concentrarnos en los cordeles y cortemos con todo esto por lo sano -,nos amonestó.
Con los ánimos repuestos y con la esperanza de pescar algo más que resfrió lo hicimos.
-¡Bah! Rubén tampoco sabe- susurró Martín.
Casi por completo, habíamos olvidado al nadador, quién emergía por los filudos peñascos erguidos al final del pequeño lago.
Por tercera vez consecutiva, el ruido zumbador sonó más nítido. Y curiosamente junto a él, también regresó Paulo; raro, tembloroso, como fugado de una pesadilla.
-¿Y ahora que pasa Karateca?- Le pregunté, al notarlo nervioso.
-Hey Cinturón plomo- protestó el grupo:
-Ya la fregaste todo-
-¿Por qué?
- ¡Por qué ?
-No ves que así, ahuyentas a los peces, ¡payaso! Paulo se inmutó. Tengo un poco de frió atinó a decir, y por un buen rato permaneció pensativo, vagabundo cerca del resto, prestándole atención al sonido que parecía salir del fondo de los totorales.
-Parece un rezo- comentó Martín.
-No, es un canto corrigió Andrés.
-Es un disco- opiné, pero era una posibilidad muy remota, porque se trataba de una zona inexistente para la ciudad, donde se suponía que no habitaba nadie. Aunque esta teoría partía de que hubieran otros « exploradores » nada más que provistos de una radio grabadora.
-Y si lo vamos a ver, sugirió Manolo. ¡Claro!, se respondió solo, parece que viene desde allá señaló en dirección a los arbustos. Martín se levantó de un brinco.
-Vamos, total este pescado nos pertenece a todos.
-¿Seguro?- le preguntó Andrés
-Firmeza –respondió.
-¿Y la pesca?- pregunté.
-Amarremos los cordeles en unos palos tipo estacas y se acabó el problema
-Yo diría que recién comienza, murmuró alguien en el grupo.
Prestos a partir, Paulo nos detuvo de un modo brusco.
–¡Esperen !-dijo, he visto algo extraño al final de las plantas.
- ¡Cómo ? - se sorprendió Martín .
-Desde el peñón más grande se ve, que hay alguien explicó.
-Cómo está vestido? -No lo pude distinguir, pero camina sobre el agua.
-¿Quééé ?
- Lo juro.
-Se los dije sobre el encantamiento aprendices-, intervino Andrés.
-¡Cállate duende!- le salió al cruce Rodrigo mientras que un tsunami de curiosidad se tornaba en un desafío que arrasaba prejuicios e indecisiones. El grupo se dividió en dos, me sume a Paulo, Martín y Rodrigo en la otra fila irían Rubén, Andrés y Manolo.
El aire parecía traer con más fuerza el efecto del sonido, asemejándose cada vez a una melodía con sus respectivos bemoles.
-¡Mujeres! -dijo Andrés, como atizando la curiosidad, son voces delgadas argumentó Rubén. Y aceleraron sus pasos en la dirección indicada por Manolo.
Nuestra fila había tomado su derrotero por sobre un terraplén natural, que separaba la vegetación de las aguas. Un pacto previo, que consistía en unos silbidos largos, serían suficientes para el reencuentro.
Por las hierbas que nacen a causa de la humedad, penetramos al corazón de las totoras, donde los insectos emitían chirridos intermitentes, plásticos.
Entre los juncos endebles, pálidos y verdes, una serpiente pequeña se arrastró a nuestro paso, Martín exhortó a quedarnos inmóviles, pero Paulo activó sus reflejos, y tomando el palo que llevaba consigo, logró sujetar a la culebra en el tercer intento, lo presionó contra unas raíces hasta derrotarlo.
-¡Primera batalla calichines!- bromeó Martín, retomando la marcha hacia un ramal qué originaba una vertiente de la laguna.
No había nadie en este destino, un ligero desvanecimiento golpeó la moral e hizo errar sin norte, cual entes anónimos, en una vía sin apellido, ni nombre.
Montículos de hojas, algunas florecillas, una loma de arena blanca sin ninguna huella se anteponían como primer plano. Paulo buscó los ojos de cada uno para pedir tregua, pero se dió con el silencio y sus fosas, sintió defraudarse a si mismo y cuando pensó en los demás giró la cara para mirar a cualquier sitio.
-Puede que sean visiones- Después de mucho tiempo, habló Rodrigo –No-, contestó despacio Paulo. Luego se acercó –¡Se los juro!-. Y tratando de encontrar complicidad declaró: -hasta me parecía que estaba arrodillado allí, señaló el centro del arroyuelo.
-¡Espejismos! Ja, ja. Martín empezó a reírse apuntándolo burlonamente con los cinco dedos -¡Te estás volviendo loco, Karateca!- Y empezó a sacudirse a grandes carcajadas –Si, son alucinaciones cinturón crema. –Anotó.
Como la propagación de un virus, su risa fue involucrándonos a todos. Y hasta el mismísimo Paulo se dejó llevar aceptando, Sí, sí, a lo mejor, sí, y de remate. Locamente, loco. Yo Paulo Mauricio Ferreira he perdido el juicio. ¡Que novedad! - murmuró Rodrigo.
Martín dejó el pescado en la hierba, y se sentó en la loma sin dejar de batir sus mandíbulas -Tanto sacrificio Paulo, tanta caminata Pauliño –incluyendo la madrugada- para irnos…de cara.
Paulo aún buscó consuelo mirando hacia otras direcciones –Si la fregué, no ha sido, al propósito - se excusó.
Ya no había caso; seguíamos festejando este supuesto fiasco, fabricando camionadas de ocurrencias, apuntalando mentirillas, en tirillas, sin cortes de horario, ni de tijera, metiéndole vicio al ocio. Y asociando sospechas, soluciones con la quinta pata de algún gato.
-¿Quién nos encontraría, si ahora decidieran buscarnos? pensé en voz alta-
-La lechera - dijo Martín-, Ja, ja
-¿Por qué?
-Porque nos conoce desde chiquitos. Ja, ja…
-Y sino, la perrita del Karateca, que le sigue a todos lados- comenté
-Cuál la Tuyita?- Quiso saber Martín
-No, la Tuya, aclaró Paulo
-¿Por que?
-Porque ya creció.
-Imposible, todos piensan que estamos en el balneario o, en algún botecito de paseo. Intercedió Rodrigo acostándose sobre la loma.
Un rayo de luz irradió bruscamente el rostro del karateca quien de emergencia infló sus pulmones para pegar un llamado desgarrador: ¡Maestrooo… ! Maestrooo.. ! Estremecidos de manera súbita, sintonizamos con él. ¡Maestrooo!- Le ayudó Martín , enseguida al unísono. ¡Maestrooooo…!
Su figura se perdía en el horizonte indefinido del paisaje soñoliento, pero al quinto llamado volvió su rostro y continuó con su rumbo parsimonioso pegado al riachuelo. Decidimos correr tras él, pero ni bien habíamos partido, el hombre se detuvo para alcanzarlo.
En una curva donde el arroyo formaba una especie de cascada, se sentó como una espera, corrimos con mayor velocidad. Próximos a él una terrible inseguridad empezaba a manifestarse en lo íntimo. Una reacción instintiva nos convertiría en una barrera humana, expresando sin querer esa salvaje actitud defensiva -Yo voy adelante con Paulo, dijo Rodrigo. Y ustedes quedan…
-¡Buenos días! Se dirigió amable el extraño y la frase pareció repetirse en innumerables voces. Su mirada denotaba unos ojos trasnochados en cuya oscuridad empezaba a ligar su imagen, con algún personaje irreal; fojié álbumes, cines, libros, apuntes de historia y no acerté. Un efecto de serenidad fue cayendo sobre toda incertidumbre, nuestro temblor se fue neutralizando a tal punto de postergar las preguntas que habíamos ensayado disparar a boca de jarro: ¿Quien es usted? ¿Donde están los pantanos? Y ¿Que hacía en este lugar completamente prohibido? Vaya interrogaciones, por algún intersticio debieron quedarse.
-¿…Y que les trae por aquí muchachos? Nos interrogó del modo más natural, que no hubo una respuesta inmediata. Luego continuó hablándonos con una familiaridad de hechizo acerca del lugar, el cual figuraba en los planos y mapas, como una zona de peligro, a raíz de los esqueletos encadenados, que se encontraran unos años atrás.
-Admirable, venir por aquí…
-Por la laguna -aclaró Martín
-De este espacio se dicen barbaridades, pero miren es todo lo contrario, expresó con afecto, como si mostrara las bondades de alguna propiedad.
-En este mundo de historias, las cosas van tomando sus propios talles, de ahí los reinos e infiernos; primero serán los rastros, después los trazos, luego los habitantes se apoderarán de los astros, desalojaran sus insectos, se inventarán cuentos. Y multitudes de casos armarán estos cuadros amorfos: países, metrópolis, provincias.
Con un toque de codo Rodrigo sacudió mi abstracción. El extraño advirtió.
-A nadie se le debe obligar a sentir lo que no percibe, a nadie se le tiene que exigir-, habló convincente. -¡La voluntad es el único ejercicio que enrumba!- Me disculpé pero prosiguió: Cuantas veces las distracciones ocultan la esencia, niegan los fines.
El hombre llevaba una red doblada bajo el brazo derecho y dentro de ella se podía ver envuelto un libro grueso. Otra vez en el abstracto se me ocurría insistir que se trataba de una aparición, o sea de un autor antiguo, extraviado en este punto del siglo y en este rincón del hemisferio, en fin seguí proyectando su peculiar aspecto que se tornaba tan particular a cada momento –Talvez es un fugitivo - me dije, pero en su semblante no encontraba ninguna brizna de persecución, estaba dotado de tal sosiego que transmitía un halo pacifico.
-¿Ustedes vinieron a pescar no es así?
–Sííí- respondimos en coro como chiquilines.
–Bien. Yo también pesco- Y tomando la red desenvolvió el libro, lo colocó sobre las hojas de un Overo nos condujo hasta la parte más angosta del arrollo. Allí, procedió a extender de un extremo al otro la malla, sujetándolo con piedras medianas la parte inferior, atándola cada punta a una estaca.
La corriente ligera ondulaba levemente la malla formando una especie de bolsa que se inflaba en el cause reducido.
Parado sobre un peñasco que apenas se asomaba a la superficie nos dió la impresión que se sostenía en el agua.
Martín le pidió que no pescara, qué le regalaba aquel pez gigante. El hombre sonrió, se acercó a él, le dió unos golpecitos sobre el hombro –Gracias, justamente vine para esto –dijo- y tomando una caña de carrizo oculta entre las hojas, empezó a agitar distintas partes en forma de remolinos, desplazándose cuidadosamente sobre los sedimentos inmersos que le evitaban sumergirse.
-Ya no pesque, le regalamos este pescado. Además nosotros tenemos provisiones le habló Rodrigo pero él continuó. Al cabo de varios minutos retornó, se sentó junto a nosotros.
-Casi nadie suele venir a este lugar, salvo las garzas y algunos reptiles para refugiarse, pero no es tan solitario como parece.
-Queríamos pescar, y conocer los pantanos, que se lee en el cartel de la autopista pero hasta hoy no hemos dado con ninguno.
-Aquí no hay pantanos, sino temporadas en que la laguna crece y se extiende hasta la panamericana.
-Y eso de los hallazgos maestro? Preguntó Rodrigo, el extraño pareció inquietarse.
-Calcularon mal-, pronunció a secas. Y retomó.
-Hay una señal a un costado de la ruta que dice « prohibido ingresar, zona pantanosa » Es cierto, antes decía: área reservada, mas tarde ¿Qué se leerá?. A Poco de concluir este dialogo se levantó de un salto. Un asombro mayúsculo nos sobrevino a todos. La tela cuadriculada estaba llena de peces como volcados a drede. ¡Maestro!, co-co-co-cómo lo hizo ? Fascinado exclamó Rodrigo. –Simple: cuando los rayos calientan el lago ellos huyen, buscando otra temperatura, como estos estancos, nos aleccionó, sin desprenderse del largo carrizo. De repente nos propuso: -¿Quieren acompañarme a casa ?. Un preludio sin comentarios antecedió la determinación, después en un acuerdo telepático -¡Claro!-, -¡Vamos¡- aceptamos.
–¡Vamos! Tengo muchos hijos, declaró -les vendrá bien su visita.
Tomando una punta de la red, volvimos a cruzar otra vez aquel camino boscoso que aparentaba ser más fácil, pero alguien nos detuvo a la mitad del camino: -¡Satanás!- Oímos insultar a nuestras espaldas, giramos y una carita diminuta un poco decrépita se asomaba con gran impotencia dirigiéndose al hombre: -¿Por qué lo has matado?, ¿qué te ha hecho? -le increpó- ¿De qué me habla? Preguntó.
-¡Asesino!-, le insultó y se refundió en los juncos con un gemido infantil que nos conmovió hasta los huesos.
Le contamos sobre el incidente -¡Qué pena!-, lamentó, no sabía nada, pobre esterero.
-Yo fui, dijo el karateca –Olvídalo, ¿qué se puede hacer? – lo consoló-, pobre anciano, él los cría como polluelos, es un selvático que viene de tiempo en tiempo desde el acantilado sur de la ciudad. -¡Pero nadie puede vivir allí!, –protesté- El acantilado sur en cualquier momento puede derrumbarse. Los lugares prohibidos tienen sus propios seres-, respondió. Quise seguir discutiendo, pero caí en la cuenta que no tenía una pizca de argumentos me limité a decir: -Pobre…
-Somos dos grupos-, declaró Martín –Vamos, no importa el número, en casa habrá sombra suficiente para ellos.
-Y, ¿Dónde están a propósito? Rodrigo señaló la dirección en la que habían partido. Eso quiere decir que no distamos, los unos de los otros. Veamos, cortemos por aquí -, indicó una senda delgadísima que nos permitió acceder pronto.
Al llegar al agua vio los cordeles anclados en los palos, arqueó alto las cejas y expresó: -¡vaya! no hay mucha diferencia con mi táctica.
-¿Y qué creen?-, nos preguntó. Permanecimos incrédulos. Sólo Rodrigo se acercó un tanto sigiloso, para tomar de la primera cuerda, pero tal tirón descomunal lo llevó a parar directo sobre
En el último cordel, se acercó curiosamente a Martín, le pidió que le ayudara, e hizo un gesto para que nos aproximáramos, parecía una broma. En breve advertimos que las fuerzas de ambos resultaban insuficientes, pese al esfuerzo que desplegaban, al instante acudimos con Paulo, también se sumó el extraño.
Era una fuerza mayor la cual parecía arrastrarnos hasta los límites del lago, por ratos la cuerda se ablandaba, se encogía, creando la terrible sensación de haber fracasado. Pero otra vez se volvía a endurecer, arremetía con tal tenacidad que ya empezaban a ensangrentarse las manos.
-Se habrá trabado en una piedra, pensé- sin embargo seguimos jalando hasta tal punto que el cordel crujía para romperse; cedía un poco nuevamente, pero luego insistía en tensarse con una ferocidad, que producía una violencia encarnizada.
-¡Sigan !- ¡no se detengan! -¡Sigan!- decía Martín, cuando una ola repentina esparció ráfagas de agua sobre el borde reseco. Y en el mismo momento, una especie de claraboya emergió en la superficie, rodeada de frágiles olas. Nos detuvimos atónitos para observar bien, pero el hombre corrió hacia el inicio de las aguas. Y sacando una soguilla de sus bolsillos lo arrojó como un lazo. Fuimos a su encuentro, cuando otro aleteo feroz volvió a salpicar una lluvia horizontal sobre nuestros cuerpos, mientras aparatosamente la caparazón perdía el equilibrio, para quedar inhabilitada con la cara hacia el cielo. -¡Una tortuga marina!- dijo Paulo. Sí, asintió Rodrigo un poco emotivo, exhausto. El extraño permaneció tranquilo registrando cómo el anzuelo se había engrampado en una de las patas, y el hilo de nylon había enredado la otra.
-¿Qué hacemos? -preguntó Martín
-Dejémosla libre -respondió Rodrigo
-¿Por qué? interrogó Paulo. Hubo silencio…Después de un raro mutismo nació un acuerdo mutuo. –Sí, es mejor que se vaya. Sí, esta bien dejémosla ir, coincidimos.
Con cuidado fuimos acercándonos a la víctima, que permanecía estática, como si se hubiera muerto en su propia coraza. - A la una, a las dos y a las…un fuerte impulso con los pies bastó para que recobrara el equilibrio y se sumergiera en su hábitat.
En forma de una hamaca cargamos los peces incluido el de Martín . No muy lejos se oyó el silbido prolongado en señal de reencuentro. Son ellos- se alegró Paulo.
Tras el silbo del aviso; el ruido que se confundiera, con abejas, rezos, cantos; discos -en un solo caso-, se fue clarificando de un modo gradual -¿Escucha eso?- le pregunté. -Allí vamos, contesto él. -¡Cómo?- me sorprendí. Y proseguimos la marcha.
Un panorama revelador trastocó la visión uniforme que se tenía del medio. A pocos metros se distinguía un gran cerco de palos en forma periférica; no se veían casi muros, sino palizadas, con travesaños de gruesas maderas. Un pabellón en forma de media luna con techos a dos aguas dividía el círculo en dos mitades desiguales. Avanzábamos en dirección al cerco Y -¡Oh sorpresa!-. Lo primero que encontramos fue a nuestros compañeros metidos hasta las narices fisgoneando lo que pasaba allí dentro.
-Puede que sea un encanto volvió a
Martín corrió en puntillas, se encaminó hacia ellos e impostando una voz fantasmal les asustó:
-¡Oh! torpes sombras del más allá, qué buscáis en este reino?-. Como verdaderos resortes Andrés y Rubén saltaron desconcertados sin ningún rumbo. Manolo no reaccionó simplemente quedó petrificado en las rejas y sólo giró cuando Andrés le reclamaba a Martín -No te juegues así enfermo, qué te va a costar caro el chiste- le arrojó un poco de tierra y una tablilla por la espalda. -Vengan trío de chismosos que necesitamos su ayuda. ¿Que pasa? - inquirió Rubén -Por allí viene el dueño de esta casa -¿Quien? Recién habló Manolo.
En la morada resonaba una alegría notable, similar al trinar de las aves en las horas matutinas. Al cruzar la primera tranca, nos encontramos con una verdadera legión de almas; colores, facciones distintas, salieron a recibirnos en un desorden festivo, sin dejar de cantar, y aplaudir con algarabía.
Nuestra adolescencia se había aproximado tanto, a aquella tierra de la infancia, que no había tiempo para ideas complejas, ni razonamientos forzados. El maestro desconocido llamó: ¡Helena! y una mujercilla risueña apareció bajo el umbral e hizo un gesto de recepción invitándonos a pasar a un salón.
¿Que sucede? -¿Quien me explica?- cuestionó Andrés
-A su tiempo - respondió en voz baja Rodrigo junto a la carretilla de cuatro ruedas donde se habían depositado los peces-.
Una vez dentro del recinto, los pequeños huéspedes, se abalanzaron con los brazos extendidos, sin mediar términos de estilo, concediéndonos sus espacios, sus bancos de junco, que al parecer tejían ellos mismos.
Un desconcierto de afectos, qué no alcanzábamos a comprender, nos embriagó como una primavera.
« Dios es amor, justicia y revolución, se leía en un mural pegado sobre la puerta de la cocina. -Revolución, revolución, revolución; 33, 45, 78-, pensé en el tocadiscos azul marca Egusquiza de mi abuela, me entretuve evocando las perillas, el vinilo negro que giraba hasta que leí: No matarás a las rosas de sed,” en el bordado de un mantel. Y mi mente colocaba el bracito con la aguja sobre el disco para que la música empiece. 33,45,78 revoluciones por minuto, RPM, RPM, pensé.
El grueso libro que el hombre portara a lo largo del trayecto, fue colocado al centro del tablero, me incliné para leerlo pero me di con unas laboriosas letras góticas labradas en latín que no pude entender un ápice. No obstante creí ubicarme mejor en aquel punto perdido, enclavado a la sombra de la ciudad.
-¿Cómo te llamas? Le pregunté a una niña que jugaba con mis manos, me dijo algo que no comprendí bien y corrió hacia Helena riéndose y desde allí levantaba las manitas. -Todavía no habla bien-, explicó la mujer, pero noté que la pequeña le decía algo al oído.
Juegos grupales interminables, desfilaban en una alegoría sin tiempo. Al fondo de la casa se veían gallineros, corrales de cabras, un galpón sin puerta semejante a un taller, pero una ronda espontánea seguía pasando, y ya no se alcanzaba a ver que había al fondo de la palizada.
En el borde del pozo de piedra estaban escritos nombres y fechas. Un muchachito de mirada enorme, trajo un pincel en miniatura y lo entregó a Manolo, escribe le ordenó a Martín. Yo fui el último en hacerlo.
Sobre unos caballetes se tendieron largos tableros. Una pequeña levantó un cartelito « compartir es amar » Helena se situó a un extremo de la mesa y en el otro el extraño maestro. Con un silencio único, qué parecía oírse cada latido, el rezo fue un autentico zumbido.
Al final de los alimentos, una cuadrilla de pequeños levantaron los servicios mientras que los demás se dirigían a una hilera de columpios que colgaban de una viga rudimentaria; otros extendieron tapices de totora y se tendieron junto a los neumáticos que yacían alrededor del pozo. De pronto, un sueño poco natural, imposible de resistir, nos desfallecía.-¿Donde hay agua?-, preguntó Martín bostezando, -¡En el pozo!- semimoribundo contestó Paulo. -La roldana no funciona -dijo el hombre-, la saqué para engrasarle, pero no hay grasa tampoco, -Entonces porque no lo dejó allí-, le cuestionó Andrés con los ojos casi cerrados. -Siempre lo limpio- explicó sereno. –Temí e hice despertar terrores que habitaban dentro mío.
-¡Un poco de agua por favor!-, clamó Martín. Helena salió con un recipiente que rebalsaba y lo puso frente a él, pero no tenía sentido, se había dormido. Alcance a mojarme la cara, pero finalmente me derribé en un neumático que olía a petróleo; tuve un presentimiento de morir sin darme cuenta.
Un acribillamiento de imágenes fatales obtuve en el breve periplo de mi sueño: rociados de combustibles, fuimos arrojados a la celda de un subsuelo, en cuyos ladrillos se hallaban inscritos fechas y nombres que nos pertenecían. De debajo de la tierra surgían tortugas con dientes de bebe parecidas a la que habíamos capturado. Y desde los ángulos oscuros de esa caverna se arrastraba silbando la culebra del viejo esterero la que habíamos destrido -¡Nooooooo!-, grité al ver que también descendían en una canastilla, a la niña a quien la había preguntado su nombre. Pero con un sacudón de brazos vino a socorrerme Paulo. -¡Vamos!-. Ya debemos irnos, me dijo y me alcanzó el recipiente con agua. ¿Qué ha pasado? preguntaron Helena y el hombre,
-Nada- contesto Paulo.
-Hay miedo, muchísimo miedo sobre esta tierra. Logré oir.
-¿Qué podríamos hacer?- preguntó Rodrigo y el hombre argumentó -Suficiente con poner los pies en esta morada. Y si un día quisieran volver, vengan. Yo voy escasamente a la ciudad, ella viene de vez en cuando, dijo con leve ironía
Nos aprestábamos a partir Y el hombre advirtió -No deben sorprenderse por nada, no hacemos más que repetir el ciclo, Helena afirmó con un ademán,
-En esta parte no hay pantanos, no teman. Y si alguna vez supieron algo de ésta laguna, sepan que fueron gotas de hombres qué llovieron desde lo alto. -¡Eliseo?- Pareció rectificarle la mujer, el hombre pausó.
-Ahora lleven algo como señal de faena. Nos negamos.
-Sí, sí, un presente siquiera- insistió y tomando un cestito de paja que yacía en la cúpula del horno, nos entregó unos pececillos disecados que pendían de un hilo.
-¡Muchas gracias!- Otra vez contestando en coro, como maquinarias, pensé
-Las gracias a ustedes y a los caminantes que se atreven a cruzar estos lares.
Nos acompañaron a atravesar la primera portezuela. Y aún hasta hoy, no puedo olvidar los montones de rostros despidiéndose, como un centellear de luceros.
Helena y el Hombre iban escoltándonos hasta encontrar la dirección que nos conduciría a la carretera con destino a
La laguna resplandecía como un vidrio límpido hasta empañar al propio cielo. Un cántico llegó desde lejos y nos fue acompañando un buen trecho. “Mas allá del soooool, mas allá del soool,…se entendía nítido.
La tarde caía con fatiga, calculé la hora en que llegaríamos, pero en el inconsciente se repitió a modo de consigna. No importa el numero, estábamos juntos, distaba aún la mitad, no, ya no importaba mucho el regreso.
*****
Ya habiéndose duplicado los años de
En la mesa le propuse a mi esposa y a mis padres, a que diéramos una vuelta por los pantanos como se les conocía antes.
¡Que cosa!- Salió al cruce mi madre, -Es la mejor zona residencial que existe aquí, ahora se llama “las terrazas del lago”. -Fue toda una noticia hijo-, intervino mi padre. Después de tantos años en el anonimato, salió ese hombre que tanto dió que hablar un tiempo. -El no se debe recordar-, corrigió mi madre.
Pero, si su foto salía tantas veces en los periódicos, insistió él. Dejó la iglesia por la política, luego del partido lo expulsaron por religioso, en fin.
Se supo, que había fundado un orfelinato en esa zona, con una monja que desertó del convento. Bueno el estado vendió estos pantanos a una firma constructora. Y acaso han podido desalojarlo, además, que es toda una mansión, incluso ha habido una víctima en ese forcejeo. Y ya pues finalmente allí se han quedado; acercándose de una manera confesional me declaró: hay gente que le apoya hijo, un poco mas bajito mi padre me dijo casi al oído: incluso algunos de tus amigos colaboran con aquel hombre que se que ha quedado ciego. Este último comentario me demolió al extremo y me hizo sentir tan deudor como en ninguna otra experiencia.
Mis amigos luego de terminar su carrera, no han emigrado a ninguna parte, sólo yo he desaparecido del lugar, como si siguiera algún dictado profético.
Ellos dicen que les he olvidado, me comenta mi madre -es falso, totalmente mentira por eso es que he decidido pasar mis vacaciones aquí, para estar cerca de ellos. Además cargo con un pececito, que no sólo es una réplica, sino la reconstrucción de un pacto, y que va flotando en el aire mientras yo conduzco.
¡Vamos quiero conocer!- dijo mi esposa ¿No será muy tarde? pregunté fijándome en el reloj que marcaba las tres.
Que importan la hora, los números, respondió ella. Y otra vez la consigna reapareció, como un disco que se raya.
Iván Blas Hervías – Perú-
Relato publicado en la revista de literatura Paseos Andinos/ Edición:2005
Patria IncaLa vuelta
Carambas ! -, pero, si era la misma cara, la misma puerta que, bastante tiempo atrás perdida, extraviada; la volvía a encontrar exacta.
No, jamás se había propuesto a recordarla tan igual o casi idéntica a la que dejara no sabe que cifras de calendarios, ni en que momento la grabó tan nítida.
Nuevamente volvió a mirar enajenado la fachada, a los vendedores, y aquel cerro de cajones arrumados junto a las paredes decrépitas que contenían cargamentos deformes, apilados tras la ventanilla de la agencia.
La bulla venía a pie y se estacionaba justo al borde de esa impaciencia importada, que también reaccionaba con las mismas marcas extranjeras ; totalmente diferente al léxico coloquial, nacional, regional, provincial, distrital, rural, barrial, marginal, animal de la nación-estado…Patria. Un ligero soplido, un arqueo de cejas, un pliegue de pestañas o, un menear de cabeza en forma desprobatoria, era suficiente.
Toma distancia. Piensa, compara. Pretende que lo reconozcan, lo distingan como una especie de cisne entre tantos patos silvestres, salvajes ; pero, no lo logra ; es dificil que interpreten sus adentros, que miren su subjetividad o, que le dén algún golpecito de ojo a su interior. Se aparta a la nada, mira una nubecilla de moscas que aterriza sobre una mancha melosa en el mosaico opaco, en eso: estornuda urgente y cree verse al costado, al centro, al frente, mezclado, sambullido, apachurado por la desgracia de su tierra y de sus gentes. Otro estornudo más, pero, con el socorro de un impecáble pañuelo que le auxiliaba esa cuestión de la alergia y los mocos .
Alguien crée que le habla; -¿O, es que es su propia cabeza atolondrada?-. No sabe, no opina, no responde, se confunde; trance dificil después del estornudo.
El día continua: más bulla, más moho, más bultos, más todo. Brotan frases incompletas como: no te vayas a olvidar de… cuando vuelvas has de… le dirás pues a la jashi que… me traerás noticias del… dile nomás a… Y algunas gotitas de limones cobijandose discretas.
¡Lo mismo de siempre!- concluyó de manera categórica, resignada. Pero, no. Se mentía. Ya nada era igual concebir o sentenciar de tal modo. O, el enfermo se agravaba, o se reponía, no había por que darle tantas vueltas a la tuerca.
…Volvía a mentirse, como cuando aquella vez se planteara: que, una nueva vida empezaría a partir del numero cero, en un país distinto, con nuevo empleo, otros hábitos alimenticios, mejores resultados financieros; en fin otra historia. Pero, el caballero no acertaba, otra vez volvía a perder el cálculo, la partida cartesiana. Y, ese número cero jamás existió; por el contrario, esa llana ideografía pasaría a convertirse en una gigantesca letra “O” con hache de por medio y sus respectivos puntos de admiración, para sorprenderse correcta, formal y gramaticalmente en tanto que: cada día, cada metro, cada acción o ciertos reveces; le tocaban hasta el tuétano.
Una niña le ofrece cigarrillos y los buenos modales afloran a la superficie: -No, está bien, gracias- Tremendamente cortes; prefiere esperar parado sin ocupar esa hilera de butacas atestadas de viajeros desaliñados, y equipajes raros, rellenos hasta el límite de su capacidad, -¡Ja ja! Como barrilitos - dijo, y se rió como un idiota. Un hombrecito con sombrero le lanzó una mirada asesina y él trató de disimular dirigiendo las vistas hacia un cartel que indicaba horarios, lugares y precios.
Hay música andina de fondo. Las agencias para provincias no saben mucho de consuelos, ni confort ; tampoco de calefacciones y tableros electrónicos.
La hora de salida pasa y : -¡Fijese usted!- se le acerca una mujer que lleva puesto un abrigo negro; luce un poco elegante. Pero, cada viajero que se enrrumba para ciertos lares, más anda preocupado por sus bultos, sus maletines rellenitos; -bien tamales - que, en gabanes presuntuosos, que lo cubren todo. Un adolescente les ofrece golosinas y ella lo ignora, luego abre su cartera, saca una cajetilla metálica de asquerosos cigarrillos que vienen desde los Estados Unidos de nostramerica; perdón, “nuestra america” y el muchacho espera en vano; no se ve ninguna chispa, pero ya el humo forma una pequeña nube rala; el joven también se va sin rumbo.
¡Que impuntualidad! - exclama, que diferencia con…tiene en la punta de la lengua una lista de algunas capitales europeas, sobre todo, de ciudades españolas que suenan a comunes apellidos latinoamericanos, pero finalmente agrega: …Con otros lugares. Algunos pasajeros la observan con cierta curiosidad, un poco incómodos.
La mujer de los cigarrillos de la cajita metálica le pregunta amicalmente: usted viene de…Pero una turba intempestiva irrumpe; reclama sobre los mostradores, protesta ante los empleados, se agolpa frente a los teléfonos. La recepcionista explica el retraso, les pide calma; los ánimos se disuaden.
Ellos toman distancia de la pequeña manifestación y comentan sobre tal comportamiento; signos de barbarie, violencia manifiesta; ambos coinciden.
En el reloj de la entrada principal, bajo una imagen religiosa pasan quince minutos más, y todos se concentran cerca a una baranda de madera. El bus ruge frente a la ventana y ellos esperan a un costado de la fila, -¿Va Usted a Huancayo?, -No, a La Merced- responde. Yo también vuelvo después de… ¡Permiso!- interrumpe un joven musculoso, vestido con una ligera camisa sin mangas, portando pesados paquetes hacia la bodega. La mujer del abrigo fija su atención en el corpulento cargador, de repente, siente una punzada dentro de sus senos, un golpecillo veloz al fondo de una teta. -¡Santiago!- gritan desde la ventanilla, - ¡ Aquí hay otra maleta ! - Y Santiago va transpirando, un poco colorado el cuello, los brazos, las orejas; toma el pesado equipaje y lo deposita sobre unos sacos deformes, al costado de unas cajas plásticas con plumas de pollo.
En realidad, no era la misma cara la que parecía ver Rolando en su primer impacto luego del avión; sino, que todas tenían algo en común: la señora del kiosco, del carrito sanguchero, del lustrabotas, del guachiman, del heladero. Por ejemplo: la del cargador, se diría que algo tiene que ver con la niña que vende cigarros. Y, el chico de las golosinas, un aire con el vigilante que recorre, transita en vaiven el ingreso de la empresa de transportes .
Simplemente: los sobrevivientes de esta era, se parecen, perecen y padecen de los mismos males y similares rasgos.
Ahí estaría entonces sobre una cajita de manteca, la inmensa canasta de pan y otras masitas, pegada al filo de la vereda esperando al hambre y las monedas; estaría allí el escolar, la esquina, el guardian , el buscavidas, la pandilla…Los letreros de la necesidad, categoría S.O.S e imagenes paganas que vienen del más allá vía satélite.
Pero, ¿qué habría supuesto el señor, qué habría imaginado la dama, que la vida de un país cambia a partir de que uno se larga?
Ahora le dolía a él su humanidad total, repleta, porque a través del vidrio del autobus, podía enmarcar la pelea diaria, filmada por sus propias retinas; comprobando ese trajinar inclemente que percibían sus narices u oidos ; quizás un poco refinados por otros cantos, acentos, sonidos y lenguas. Desde luego ya no venía más al caso doña Gran Chabuca Granda para dejar que le cante y le cuente a lo limeño. Si se trataba de contar allí estaban los ladrillos desnudos, las paredes calatas e incompletas; estaba allí también, ese hormigueo de hombres, mujeres y niños, que batallan estoicos cada contienda; aquel día siguiente, librados en la plena arena cruel, de gritos desgarradores, conmovedores, escalofriantes. Si se trataba de cantar…
La verdad era esa: volver a vivir el Perú, el reto de reconocerlo, y el de atreverse a cruzar ese valle de sangre, sudores, “olores” y lagrimas, sin que lo pidiera un tal Wiston Churchill, ni mucho menos bajo ningún plan Marshall; sino mas bien por lo irremediable e inminente que resultaba el volver.
Sentir otra vez sus pulmones, su voz natural; entender su lenguaje y de una vez por todas desentrañar ese desafio que el “olvido” no era más que una palabra fofa donde se busca precisamente eso. Renunciar.
Entonces… ¿cómo jugar a ser extranjero en su propio suelo, cómo pecar de gringo en el paisaje íntimo de pesadillas, sombras y destellos. ¡Pamplinas! Todo un suicidio, una autoeliminación de la faz del globo incluyendo Mc Donals, Walt Disney y cocacolizaciones de la era chatarra; osea : una vulgar usurpación al derecho de los microbios o sub niveles de parias.
Una hermosa joven agitaba las manitas expresando un adios al centro del parabrisas. -¡Matilde!- Rebobinó un fardo de años sentimentales. ¡Qué similar al sello de otra época! Profirio inaudible.
Como un soldado herido, se recostó fatigado sobre su asiento número 18, cerro los ojos y oyó: ¿Te acuerdas cuando vivía en el pueblo? Ahora está cambiado, ni te saluda, ni te mira siquiera. -Si pues, tienes razón, era distinto antes. -Mira, lo reconoces, es él, pero ya no se acuerda de nadie-, se quejaba una de las voces apesadumbradas entre el bullicio, el ajetreo. Rolando dio un sobresalto, se levantó perturbado como único aludido, directo. Luego, se dirigió respetuoso a los asientos posteriores y encontró a dos mujeres que contemplaban juntas unas fotografias. Hacia el fondo del vehículo volvió a dar con la mujer del abrigo negro y ella: ¿Hasta cuando se queda en el Perú? Todos los pasajeros giraron la cabeza y él encogió los hombros discreto, las dos mujeres de las fotos dejaron de hablar, él volvió arrellanarse, desplomado, bastante desfallecido, decidido a dormir pero pronto recordó un rincón de su adolescencia, una cita atrás del cementerio, la gigantesca carpa de un circo, la bicicleta antigua de un cartero, el bazar de telas e hilos de unos sirios.
El bus se desplazaba; evocó las últimas aulas del colegio, la universidad llena de pancartas, el aullar de las ambulancias , las partidas de poker, de ajedres, los apagones en red; sus revistas de mafalda, condorito; los amigos ausentes, esparcidos.
Algunas cosas buenas habían pasado en la otra escena: nuevos maquillajes, realidades caprichosas, novedades transitorias, que no venían al caso, ni se acoplaban, ni se adaptaban al tema. Solamente la “vuelta” autonoma, que pega, que punza, que araña hasta los intestinos; señala el aviso de que esta renuncia poco podía servirnos, ni tampoco cambiaría casi en nada el abismo.
Rolando mira su reloj empieza a contar en sus dedos, una ave vuela a lo lejos, se eleva por encima de las cumbres. Como una muerte el precipicio se agrieta partiendo en dos mitades la tierra. Rolando cierra los ojos, parece que reza, no puede dormir.